Así que quedamos a las 9.15 en el club, y nos vamos directos hacia la sima, no vaya a ser que nos pille la lluvia. De subida un paisano nos cuenta sus desventuras con la seca, y la verdad es que da pena ver los prados.
Nos cambiamos rápido, y allí Gelo descubre que se ha dejado la comida. La compartiré con él (no por compañerismo, sino porque me saca cabeza y media). Yo descubro que, por vigésima salida, sigo llevando un cincel de polizonte en la saca (como si no lleváramos ya bastante peso). Soy retarded.
Entramos. Pese a la seca, el pozo de entrada sigue goteando, y el río de la Maza mantiene un cierto nivel, lo que es llamativo. Suponemos que en este río convergen al final múltiples regatos que captan toda la rasa que hay al norte.
Avanzamos rápido y pronto llegamos al laminador, que es bastante largo. Como dice Gelo, no fue muy buena idea mandar a los dos jabalíes del club a desobstruir un laminador infecto (o sí: mejor ellos que yo). Dedicamos algo más de una hora a dejarlo un poco mejor, entre una corriente heladora que te mete toda la arena en los ojos.
Después, comenzamos la topo, entre las maldiciones de Gelo, pues ha instalado una nueva versión de la aplicación, y no parece contar con su beneplácito. Miro una salita lateral (se cierra), y otra superior entre bloques y cayuela colapsada (que habrá que revisar con más calma). Es llamativo la cantidad de excrementos de lirón que se encuentran por todos lodos (también huesecillos, y algún cadáver momificado). Llegamos al primer cruce, un meandro claramente descendente. Seguimos por él topografiando, hasta una estrechez. La fuerzo, y llego a algo diferente: un meandro más estrecho, activo. Aguas arriba llego hasta un punto en el que haría cuerda para bajar al nivel activo (manteniendo la altura se podría negociar, pero estrecho). Aguas abajo, llego hasta un paso en el que hay que tumbarse en el agua. El aire es claro, y la topo parece apuntar a que posiblemente nos encontremos aguas arriba del meandro activo que remonté la vez anterior.
Volvemos al cruce principal, y Gelo descubre que ha perdido la cámara. Mientras organiza lo de topo, retrocedo hasta el otro lado del laminador buscándola, pero nada. A la vuelta, me dice que estaba allí mismo. Sospecho que ha sido una estratagema para quedarse con la parte más grande del bocata.
Seguimos topografiando por una galería ya más amplia, en la que encontramos cientos de estalactitas rotas. Un tubo a la izquierda, estrecho (Gelo se tiene que dar la vuelta) nos permite avanzar unos 50 metros, hasta un lugar donde adquiere mayores dimensiones, pero se colmata. Una estrechez permite ver un nivel inferior, en arenisca o marga, por el que se cuela el agua. No me queda clara por dónde se ve al evidente aire que hay hasta allí, pero no tiene muy buena pinta, pese a los restos de bichos que hay por todas partes.
Volviendo a la galería principal la galería cambia de morfología, adquiriendo la típica forma de “T”, con meandro excavado. Poco después se bifurca: seguimos por la derecha, hasta llegar a una zona en la que se ve un gran colapso que ocupa toda la galería. Quitando alguna piedra, me cuelo por la izquierda, y avanzo pegado a la pared un buen rato, evitando el colapso, que se ve muy grande. Finalmente llego a otro lugar en el que la galería vuelve a adquirir morfología de meandro egipcio, ya de menores dimensiones. Sin embargo, el grueso del aire parece irse por los bloques: tiene pinta de que estamos en la **** calle, pero…
Vuelvo con Gelo, que ha seguido haciendo la topo. Dejamos un meandro descendente pendiente, y volvemos al túnel principal. Allí el meandro pronto se desfonda en una gran sala de más de 20 metros de diámetro, en cuyo fondo, oh cielos, se abre una negrura de las chungas. Tiramos piedras y cantan unos cinco segundos: se abren posibilidades (y mi esfínter). Le propongo hacer como que no lo hemos visto. Es tan fácil cerrar una topo. Me mira raro y me ignora (otra vez).
Bordeamos la sala, y en el extremo opuesto llegan un par de aportes; son dos laminadores muy pequeños en arenisca. Vemos arañas, ramitas… y un buen hueso de vaca. Pero ninguna posibilidad por ese lado. Acabamos la topo de la sala y retrocedemos poco a poco sacando algunas fotos que no provocarán las delicias de nuestros followers (fallan artista y modelo).
Pasado el laminador, rehacemos petates y para la calle como tiros. Pese a la previsión de agua, no parece que fuera llueva, pues no hemos apreciado nada en la zona nueva, que apenas debe estar unas decenas de metros bajo la superficie.
Subimos con calma el P.70, que tampoco parece llevar agua. Sin embargo, el pozo de salida sí que está regado. Una leve morrina nos recibe en la calle a las 22:15 pasadas. Morrina que se convierte en cortina de agua diez minutos después, llegando empapados a los coches casi a las once (después veremos que cayeron casi 30 litros desde media tarde, lo que es bastante chocante a tenor de lo que apreciamos dentro de la cueva). El paisano estará contento, pero nosotros no mucho…
En definitiva, por fin encontramos algo un poco decente, después de muchos meses de seca. El pozo (por morfología parece más un cañón) probablemente esté relacionado con las Galerías de Borgoñeses de Cellagua, que reexploramos hace unos años. A ver qué nos deparan las próximas salidas (además de agujetas).





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