(05/06/2026)
Nota: como somos unos bardales, no hemos llevado cámara. Así que le hemos pedido a la IA que nos haga el trabajo sucio (nunca mejor dicho). En realidad, Wychy y yo somos como en esta primera imagen. No sé porqué luego la IA ha pasado a modo barato y nos ha representado de cualquier manera. Hijaputa...
Llegan las navidades, y hay que buscar una excusa para meterse bajo tierra y así no tener que desear “feliz año” a toda esa gente que deseas ver muerta. Mmmm… creo que tengo que quitar el “modo sincero” a la IA cuando le diga que me genere entrada para el blog, así vamos mal…
Bueno, a lo que iba. Que quedo con Wychy la víspera de Reyes para continuar explorando una cueva que encontramos en el Barranco de Irías hace unos meses. Curiosamente, por un sitio por el que no pasa un espeleólogo desde que había refugio en San Pedro, la cueva la encontramos de manera independiente Patxi, y Cristina y yo, con dos días de diferencia.
Unos días después fuimos Patxi, Gelo y yo a la cueva, una fuente muy evidente en mitad del barranco. La cueva era usada por los paisanos, pues tiene una goma aprovechando el agua que mana. Pero, por lo demás, era virgen. Los tres remontamos algo más de 300 metros por un río que circula por un pequeño paquete de caliza entre estratos de arenisca, hasta que lo dejamos en una estrechez, con bloques cementados por colada por entre la que corría el agua. Al otro lado, se veía continuar con la galería.
Así que hoy volvemos para allá, a ver si podemos quitar esos bloques para continuar con tan aguerrida expedición. Tras un café rápido en el pueblo, nos vamos para San Pedro. Aparcamos en la carretera a dos grados de temperatura, viendo la cellisca que ha caído en la ladera sur del Pico.
- Mmm, no sé si nos vamos a mojar mucho…
- Que no, que el agua solo llegaba hasta las rodillas en un par de sitios, lo demás lo evitas bien. Con los patucos de neopreno, vale.
- Ok.
Cogemos un antiguo camino carretero muy perdido que se interna en el barranco. Al de un rato, lo dejamos, cogiendo altura y enlazando farallones en los que encontramos diversos abrigos en los que el olor del jabalí es muy notable: no somos los únicos animales que hoy andamos por acá.
Llegamos a la boca de la cueva, y el estruendo del agua se oye desde lejos. Nos cambiamos, y el primer desafió es trepar la cascada inicial evitando el agua que cae, que es mucho más abundante que la visita previa. Como somos unos ratas, no dejamos cuerda, así que llegamos arriba un poco salpicados. Wychy comienza a mirarme raro.
La corriente de aire es muy evidente, y avanzamos siguiendo la goma los primeros 20 metros de cueva. Allí, comienza una zona un poco más estrecha, en la que vamos trepando por coladas…como podemos. El otro día se iba bien, con poca agua, pero hoy la cosa ha cambiado bastante.
- Tú no das clase de anatomía, ¿verdad?
- No, de historia, ¿por?
- Porque si dieras clases de anatomía sabrías que los seres humanos no tenemos las rodillas en los pezones, gilipollas…
La cosa es quejarse, qué gente.
En el río encontramos restos de animales y basura típica (restos de cable, algún utensilio…). Suponemos que, aguas arriba, hay alguna torca cerca de alguna cabaña, que el paisano habrá usado de vertedero, como desgraciadamente hacen con tanta frecuencia. En realidad, la galería es muy recta y creemos adivina de dónde puede venir el río; pero, con estas cosas, nunca se sabe…
Tras varias trepadas complicadas, en las que acabamos un tanto empapados por las cascadas con las que nos deleita la cueva, llegamos a la estrechez. Allí estamos algo más de dos horas, metidos en un nicho, evitando la cascada que cae por nuestra derecha mientras intentamos mover los bloques encajados. Finalmente, Wychy logra pasar, y le sigo tiritando.
La galería sigue con unas dimensiones parecidas, alternando lugares con 3-4 metros de altura y 2 de ancho con otros más estrechos (sobre todo, por coladas). En algunos puntos las coladas nos obligan a andar a gatas por el río. El proceso evolutivo está llevando nuestras rodillas a la altura del cuello…
Un rato después el aire (que es muy fuerte) se vuelve más frío. Y noto olor a tierra.
- Wychy, huele a calle.
- Qué vas a oler, si no has lavado el mono en seis meses…
Pero sí, unos metros más allá, vemos el cielo. Salimos al exterior, y tras romper una maraña de zarzas salimos a un prado: efectivamente, hemos dado a un sumidero que ya intuíamos en la foto aérea. El río proviene de aquí, no parece tener ningún ramal penetrable más.
No nos dedicamos a celebrar esta victoria/derrota ni un minuto: el aire es helador, y estamos empapados de cuello para abajo. Volvemos hasta la estrechez, recogemos las cosas y tiramos para la boca de entrada. Habíamos pensado en equipar algunas de las cascadas, pero viendo que no volveremos mucho, bajamos a pelo, hundiéndonos (otra vez) en el proceso. Solo dejamos una cuerda en la cascada de entrada, que está francamente expuesta.
Son poco más de las tres de la tarde. La verdad es que la cosa ha sido rápida. El camino de vuelta, pese al pronóstico, nos recompensa con un atardecer algo más templado (cinco grados). Llegamos al coche con los pies como tablas. Acabamos la jornada comiendo en casa (gracias, Cris), con media botella de vino por cabeza, algo de orujo, y un roscón de reyes. Los republicanos también tenemos derecho a ser inconsecuentes, qué cojones.

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